Dunkerque. Un viaje sensorial hacia la supervivencia


Por fin llega a nuestras pantallas la nueva película de Christopher Nolan Dunkerque, tras su particular actualización de 2001: Una odisea del espacio con Interstellar. En esta ocasión, el director británico nos traslada a la Segunda Guerra Mundial, en concreto a las playas de la ciudad costera francesa de Dunkerque, en las que quedaron atrapados en junio de 1940 casi 400.000 soldados británicos, franceses y belgas, bajo el ataque de las tropas nazis de Hitler. La película narra el desarrollo de la Operación Dinamo, o lo que es lo mismo, la evacuación urgente de los soldados allí atrapados, muchos de ellos gracias a casi mil embarcaciones pequeñas de civiles, movilizados para rescatarlos.

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Para narrar la Operación Dinamo, Christopher Nolan pone el foco de la narración de Dunkerque en tres espacios físicos diferentes, pero que no comparten el mismo espacio temporal. Nolan retoma su obsesión por el tiempo, después de tratarlo de manera brillante en Interstellar, pero aquí lo perfecciona, haciendo de toda la cinta una suerte de teseracto como el que aparece en la última escena de la anterior película. El primero de los focos nos coloca en la playa, justo en el muelle que sirve de último paso para embarcar en los escasos barcos que llegan, y cuya acción transcurre en una semana; el segundo nos sitúa en la embarcación de Mark Rylance, representante de las casi mil embarcaciones que fueron en busca de los “hijos” atrapados en la playa, y cuya acción transcurre en un día; y el tercero nos coloca en la cabina de dos Spitfire, cuya misión es proteger a los soldados y embarcaciones de los ataques de los Stukas y los Heinkel desde el aire, y la acción se desarrolla en una hora. Tierra, mar y aire, con tiempos diferentes que representan la relativa sensación de velocidad de su transcurso en los sucesos que se desarrollan, y que por supuesto, convergen de manera magistral en un punto concreto, climax absoluto de la película, a pesar de que previamente cada una de las líneas argumentales tienen varios mini climax (muy típico de Nolan). Cuesta al principio habituarse a la estructura narrativa, pero el resultado es magistral.171291.jpg

No solo ese aspecto convierte a Dunkerque en una película bélica diferente. De hecho, más que una película de guerra, se trata más de una película de supervivencia a contrarreloj, en la que el tiempo juega un papel fundamental en la velocidad, con la que el agobio y la desesperación nos invade. El aspecto más llamativo que Nolan usa para hacer Dunkerque diferente, es algo inaudito en el género bélico (insisto, aunque no la considere de ese género), esto es, la construcción de un relato de guerra en el que hay ausencia de héroes, enemigos visibles en pantalla, batallas encarnizadas y violencia, rompiendo con todas las normas maniqueístas establecidas en todo conflicto.

A lo largo de todo el metraje, el más corto de las últimas películas de Nolan, no vemos ningún soldado nazi enemigo, no vemos ninguna esvástica. De hecho, ni siquiera distinguimos a los Stukas alemanes fácilmente, más allá del morro amarillo clásico (que por cierto, son Messerschmitt Bf-109E, pero los usaron para distinguirlos un poco más de los Spitfires). Pero tampoco hay héroes en el bando aliado, y el que hay no se le ve la cara hasta el plano final, que comparte con la figura de un soldado nazi desenfocado, única concesión (y poética) a esa visión clásica de buenos y malos en la guerra. Por no haber, no hay apenas nombres propios en los Aliados (solo el del héroe enmascarado), y es que para qué, ya que por no haber, no hay casi ni diálogos, salvo para reconocer que han sobrepasado las expectativas del rescate. Y eso, lo que consigue es reducir una película bélica a la supervivencia más cruda y a la agonía más intensa.

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Nolan nos lanza a la playa de Dunkerque con el único propósito de llevarnos, a través de un viaje sensorial en formato audiovisual extraordinario, al mismo corazón de la desesperación, y logra que tengamos que pelear con nuestras escasas armas para escapar del terror y del precipicio que se nos propone en forma de playa y mar. Y lo hace sin concesiones. Las inmensas imágenes apabullantes que consigue con el formato IMAX y los 70 mm, se contradicen con la sensación de agobio provocado por los espacios cerrados, como el de la bodega de un barco encallado, o el muelle atestado de soldados que desesperan por entrar en un navío, o la claustrofobia de una cabina de los Spitfire.

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Por su parte, el sonido se vuelve la principal arma de Nolan para encoger nuestros corazones, con un volumen por encima de lo normal, algo que ya probó en Interstellar. Los disparos de los cazas son tremendos, las explosiones de las bombas (apenas 4 o 5 en toda la película) retumban en la caja torácica, pero lo más aterrador es el sonido de los Stukas cayendo en picado, que hacen que el pánico que sienten los soldados en la playa traspase la pantalla y se cuele en tu corazón. Como viene siendo habitual en sus películas, los efectos de sonido están acompañados por una banda sonora desasosegante, con intencionada estridencia, machacona en cuanto a ritmos, inspirada en el tic tac de un reloj y que consigue que todo el sentimiento de agobio, desesperación e ir a contrarreloj, aumenten de manera exponencial.

Y todo ello te empuja a un final emocionante, liberador como el vuelo sin motor del Spitfire, carente por fin de sonido alguno, rodeado de planos magníficos de inmensidad de playa vacía, que provoca sensación abrumadora de liberación, de final de toda la desesperación vivida como un golpe emocional. 

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En definitiva, Dunkerque es una de las películas más influyentes, grande y a la vez intimista, que ha dado el cine moderno, un viaje emocional de los sentidos sin parangón en la historia del cine. Todos los amantes del séptimo arte vibramos con el comienzo de Salvar al Soldado Ryan y decíamos, esta es la mejor película bélica que hemos visto. Nolan ha reinventado el género, con un giro hacia la desesperación en sustitucion de la violencia, es decir, quitando la guerra en su discurso. Sí, Nolan será pretencioso, snob, resabido, pero es el gran director de esta época que vivimos ahora, diferente, arriesgado, controlador, perfeccionista y equilibrista, y así lo demuestra sobradamente en Dunkerque. El uso del IMAX, la fotografia de Hoyte van Hoytema, unidos desde Insterstellar tras separarse de Wally Pfister después de la trilogía de El Caballero Oscuro, el sonido y la conjunción de la banda sonora de Hans Zimmer con las imágenes y la emoción, la apenas aparición de CGI, los ojos asustados de Fionn Whitehead y la ausencia de buenos y malos, hacen que Dunkerque sea apabullante.

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3 comentarios en “Dunkerque. Un viaje sensorial hacia la supervivencia

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